miércoles, 15 de diciembre de 2010

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Historia de una lágrima

Intenta ser discreta, pasar desapercibida. Sabe que de transparente pasa a ser invisible.
Pero incluso lo invisible tiene miedo. Ella tiene miedo a que la vean, miedo de hacer cualquier ruido. No quiere que su significado enfade a los demás, que la odien.
Por miedo al odio, discurre silenciosa por el trazo de una vida que ella no ha escogido. Quiere ser secreta. Se pregunta quién la ve. O lo que es peor, quién la mira. No quiere que la vean, o su trazo se convertirá en herida y se tornará de color rojo. Una lágrima de sangre deja de ser invisible. Por eso finge. Finge transparencia para que así todos la ignoren y no la desprecien. Que con su silencio demuestren su ausencia. Intenta que hasta los últimos latidos de su corazón roto no se escuchen. Se envuelve en sí misma para que su propia esencia camufle su continuo dolor. Tiene miedo, también, de ver su reflejo en cualquier charco o cualquier pequeño trozo de espejo. Tiene miedo de que lo que la imagen le muestre sea visible.
Entonces empieza a tiritar. No es de miedo, sólo es frío. Nota cómo se hiela y cómo discurre más despacio. ¿Qué ha hecho? ¿Por qué la castigan congelándola para que todo sea más lento? No lo entiende. Ella quiere llegar al final. El añorado precipicio...y caer. Dejarse caer y desaparecer para siempre. De pronto, un sol abrasador aparece para descongelarla. Siente cómo se derrite, cómo todo fluye más deprisa. Se siente tan bien...tan viva... ¿Tiene miedo de estar viva? Sí, un poco. Tal vez porque es algo desconocido para ella, y, lo desconocido a veces asusta. Pero le gusta. Le gusta sentir. Se atreve a tomar un poco de color, a confiar en que aunque se deje ver, aunque deje de ser invisible, nada ni nadie le harán daño. La luz del sol se proyecta en ella, haciéndola brillar. Y todos la ven. Admiran su belleza. Su brillo ciega los ojos de quien la mira, tanto, que no pueden ver el precipicio que hay tras ella...No pueden avisarla; ya es tarde. Cae. ¿Tan alto era el precipicio? El frío vuelve. Ella vuelve a congelarse. Al chocar contra el suelo se quiebra en transparentes fragmentos de cristal...
Algún día se filtrará por entre las rocas, se volverá a esconder para que no la encuentren. Buscará un lugar donde nadie la moleste y donde no sufra más. Y cuando lo halle, se quedará dormida. Con el tiempo se secará, como un recuerdo. Pero no pasa nada. Porque no se puede olvidar lo que realmente nunca te ha importado. Y descansará, orgullosa, en su lecho de muerte, porque recorrió el camino, y nadie consiguió verla. Nunca.



Tan sólo son dos cifras.
El crímen perfecto.

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